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los cataclismos del vino

Durante estas semanas críticas de 2018, varias zonas del norte de California están viviendo una tensa espera, preparándose para enfrentar los incendios en evolución.

Con excepción de las regiones directamente afectadas, poca o ninguna atención merece el impacto de los recientes incendios forestales en los entornos del vino californiano. Claro: hay asuntos más tristes y lamentables, como la pérdida de seres humanos y la destrucción de infraestructura.

Eso sí, numerosas imágenes han atravesado nuestras retinas mostrándonos viñedos carbonizados y bodegas reducidas a cenizas. Los daños, sin embargo, no han sido tan desastrosos como podría presumirse, pues las llamas no llegaron hasta los depósitos de guarda, donde el contenido alcohólico del vino es una bomba de tiempo que no da chance de desactivarse.

Durante estas semanas críticas de 2018, varias zonas del norte de California están viviendo una tensa espera, preparándose para enfrentar los incendios en evolución.

En 2017, estos incendios arrasaron más de 80.000 hectáreas de bosques y viñedos en los condados vitivinícolas de Napa y Sonoma –de alto reconocimiento mundial–, lo mismo que en denominaciones menos conocidas como Lake y Mendocino.

Para fortuna de productores y consumidores, solo una fracción de las 1.900 bodegas registradas sufrieron daños mayores. Esto, debido a que muchas plantaciones están ubicadas en terrenos bajos que no se vieron afectados. Otra cuestión clave es que los depósitos de guarda funcionan ahora en localidades urbanas, apartadas de los puntos más expuestos.

Sin embargo, y debido a las penetrantes fumaradas, numerosas bodegas han debido sacrificar miles de toneladas de uvas debido a la contaminación de humo en plantas y frutos.

Para no perder del todo sus cosechas, los bodegueros más perjudicados elaboran vinos que luego filtran o mezclan con mostos de uvas sanas, a sabiendas de que el procedimiento genera una baja en la categoría y, por ende, una reducción en los ingresos. Aun así, botellas de marcas reconocidas pasaron de costar US$60 a más de US$100.

Una situación similar enfrentó Chile tras el devastador terremoto de 2010, con epicentro en la región de Talca. El problema aquí tuvo que ver con el desplome de edificios y bodegas, ruptura de tanques de almacenamiento y destrucción total o parcial de los equipos de elaboración. Ríos y quebradas se tiñeron de rojo por espacio de varios días. Las pérdidas sumaron 125 millones de litros, valorados en más de US$250 millones.

Un punto a favor en la cosecha chilena de 2010 fue la caída en las temperaturas a lo largo del período de maduración, lo que produjo una baja en los volúmenes de producción y un aumento en la calidad de las uvas, lo que dio lugar, en medio del caos y la desolación, a una de las mejores vendimias de las últimas décadas.

Si bien las bodegas de mayor volumen y con viñedos e instalaciones en otras zonas lograron sobreponerse, las más pequeñas tuvieron que cerrar.

Desde la devastadora erupción del Vesubio –en el año 75 de nuestra era–, cuando Pompeya y miles de hectáreas de viñedos quedaron bajo la lava, el mundo del vino ha debido enfrentar plagas devastadoras como la filoxera, heladas, calores extremos, tempestades, granizo, incendios y la mano destructora del hombre.

Solamente en 2017, estas catástrofes causaron pérdidas por US$10.000 millones dentro de un negocio global valorado en US$304.000 millones. Sin duda, es un costo económico y social de grandes proporciones.

Por: Hugo Sabogal

Publicado en sección Gastronomía, periódico El Espectador, 2018-09-15

https://www.elespectador.com/cromos/gastronomia/los-cataclismos-del-vino-articulo-812324

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